viernes, 21 de setiembre de 2007

Hombre, Naturaleza y Técnica: la verdad de su relación

Ursula Arens Castro

En la actualidad el ser humano vive atento al desarrollo científico y técnico, en la búsqueda que estos nuevos avances de la ciencia den respuesta a muchas de sus interrogantes e incluso, la mayoría de las veces, ha conseguido dominar la técnica, ingresando a áreas nunca antes imaginadas.

El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, en su Capitulo Décimo “Salvaguardar el medio ambiente” señala que “los resultados de la ciencia y la técnica son en sí mismos positivos (...). La Iglesia católica no se opone en modo alguno al progreso, al contrario, considera «la ciencia y la tecnología (...) como un maravilloso producto de la creatividad humana donada por Dios, ellas nos han proporcionado estupendas posibilidades y nos hemos beneficiado de ellas agradecidamente».”

Sin embargo, cuando este crecimiento de la técnica deviene en autónomo y el hombre comienza a ser dominado por ella, él se convierte en un instrumento de producción, dejando de lado su posición de ser dominante. Así, empezamos a plantearnos serios problemas en la sociedad actual.

Entonces, el primer problema que aparece, de acuerdo a lo señalado por Ricardo Yepes en sus “Fundamentos de Antropología – La Tecnología y el problema ecológico”, es que la técnica en sí misma pierde su sentido. El hombre deja de “tener” la técnica y pasa a “ser tenido” por ella. Entonces el ser humano como sujeto, persona única e irrepetible no cuenta para nada y aparece, con toda su crudeza el conflicto entre humanismo y tecnología.

Por otro lado, no todo lo que rodea al hombre son instrumentos técnicos. La Naturaleza es el conjunto de seres naturales que pueblan la Tierra: el ecosistema, del cual el hombre y su técnica, forman parte. En él se incluyen todos los seres vivos.

Si el hombre interviene sobre la naturaleza sin abusar de ella ni dañarla, se puede decir que interviene no para modificar la naturaleza, sino para ayudarla a desarrollarse en su línea, la de la creación, querida por Dios. Trabajando en este campo, sin duda delicado, el investigador se adhiere al designio de Dios.

El ser humano como rey de la creación tiene el honor de cooperar con todas las fuerzas de su inteligencia en la obra de la creación. Es así que si la técnica se aplica rectamente puede ser usada para el progreso y no como causa de su degradación. Por esta razón, «es necesario mantener un actitud de prudencia y analizar con ojo atento la naturaleza, la finalidad y los modos de las diversas formas de tecnología aplicada» (1).

El segundo problema muestra que en los últimos siglos el predominio de la mentalidad economicista llevó al hombre a ser desconsiderado con la naturaleza hasta dañarla, cometiendo así una grave equivocación: pensar que la naturaleza se podía usar como si fuera un instrumento exclusivamente a su servicio.

Esta actitud altanera, de falta de respeto, consiste en convertir a la Naturaleza únicamente como un medio para la producción industrial y económica, olvidando que el punto central de referencia para toda aplicación científica y técnica es el respeto del hombre, que debe ir acompañado por una necesaria actitud de respeto hacia las demás criaturas vivientes, teniendo en cuenta la naturaleza de cada ser y su mutua relación e integración en un sistema ordenado.

Lo ocurrido revela que el hombre se ha visto demasiado tiempo a sí mismo como un ser separado y extraño al mundo natural, hasta llegar a ignorar lo que eso implica. Es cuando la ecología le presenta una fuerte y atrayente verdad: Habitamos en la naturaleza: somos parte de ella, aunque de una manera muy peculiar.

En ese sentido las reivindicaciones ecologistas son justas en cuanto exigen al hombre que cambie de actitud.

No se trata de condenar por completo la técnica y hacer de la defensa de la naturaleza una nueva ideología «verde» que contempla al hombre como una simple parte del Ecosistema o del Planeta Tierra, que sería el nuevo absoluto al que todo debe supeditarse. Por el contrario, se trata de reconocer un hecho: los seres naturales tienen unos fines y una armonía que hay que respetar. El hombre debe respetar el dinamismo intrínseco, es decir, las tendencias e inclinaciones, de los seres naturales, sean minerales, plantas o animales; y usar los instrumentos técnicos sin perjudicar el ecosistema, agotar los recursos y estropear la vida. Esta es la actitud verdaderamente ecológica.

(1) Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. Capitulo Décimo “Salvaguardar el medio ambiente”. En: www.vatican.va

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy intereante este artículo. Sin embargo, me gustaría más comentarios sobre la postura de la Iglesia Católica sobre las cosechas transgéncias.

Fundavoz dijo...

HOLA QUISIERA SABER SI ME PERMITE TOMAR ALGUNOS APARTES DE SUS ESCRITOS PARA HACER UN ARTICULO, YA QUE SON MUY INTERESANTES Y COMPLEMENTAN LO QUE NECESITO GRACIAS!