Nikita Lopoukhine
Ex Director de Parques Nacionales de Canadá y
Presidente de la Comisión Mundial para Áreas Protegidas de la Unión Mundial para la Naturaleza, IUCN
El actual presidente de la Comisión Mundial para Áreas Protegidas de la Unión Mundial para la Naturaleza, propone tres estrategias para minimizar el impacto del cambio climático en la biodiversidad: inversión en parques y áreas protegidas que además estén conectadas, son parte de la solución.
Tras el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) de París, en el que participaron unos 2.500 científicos, el debate consiste en identificar los horribles efectos del cambio climático y en qué hacer respecto de ellos. De hecho, la principal crítica hacia el informe del IPCC es que minimiza efectos tales como la elevación de los niveles del mar. Por supuesto, la necesidad primera es reducir las emisiones. Para esto se ha ofrecido algunas soluciones, desde los protocolos de Kyoto hasta la comercializació n de futuros de carbono. Existe también mucho consejo disponible, partiendo por Al Gore y vuestras hoy verdes compañías de servicios, entre otros, acerca de lo que se puede hacer para ayudar.
Pero ha habido menos debate sobre cómo lidiar con los inevitables cambios y menos todavía sobre cómo podemos ayudar a las plantas y animales afectados. La causa de los osos polares ha cautivado nuestra imaginación, al punto de que se han convertido en un ícono del cambio climático. Pero innumerables otras especies también necesitan nuestra ayuda. Imagine tan sólo a una salamandra tratando de trasladarse a regiones más frías en el norte enfrentada a tener que cruzar una autopista.
En suma, ahora que como seres humanos empezamos a desarrollar estrategias para adaptarnos a un nuevo mundo caliente, no debemos excluir la biodiversidad mayor global. ¿Serán capaces las plantas y los animales de resistir ante condiciones completamente nuevas de temperatura y precipitaciones? ¿Debiéramos ayudarles? Deberíamos, porque es crítico para nuestras vidas. Todavía dependemos de las existencias silvestres de peces. Selvas saludables almacenan carbono que reduce los efectos de nuestras emisiones y también filtran la polución y permiten agua limpia. La ciudad de Nueva York ha evitado gastar millones de dólares en tecnología de purificación de agua que las selvas de los Catskills brindan a un precio mucho más barato. ¿Y acaso no existe también un imperativo moral para a yudar, dado que han sido nuestras acciones las que han creado el problema?
¿Qué hacer?
Yo propondría tres estrategias para minimizar el impacto del cambio climático en la biodiversidad.
Primero, invertir en parques y áreas protegidas, con un ojo puesto en el cambio climático. Necesitamos identificar los hábitat críticos del futuro: ¿dónde están las especies que probablemente se trasladen en respuesta a cambios en el clima? Las aves migratorias, por ejemplo, seguirán tras la creación de nuevas tierras húmedas, a medida que cambian los patrones de la precipitación y suben los niveles del mar. ¿Son seguras estas áreas? Si no lo son, necesitamos crear áreas protegidas para acogerlos.
Segundo, invertir en conectividad. Crear áreas protegidas aisladas no es suficiente. Tenemos que establecer conexiones entre áreas de tierra y mar, en todas sus modalidades, para ayudar a las especies a responder a los climas en cambio. Debemos identificar los corredores que probablemente utilicen estas especies y asegurarlos. El corredor norte-sur de las Montañas Rocallosas, por ejemplo, debe seguir sirviendo a las cabras y los osos grizzly. Especies que habitan en las cumbres de las montañas e islas, como las fragatas de las famosas islas Galápagos de Darwin, no tendrán donde ir cuando aumenten las temperaturas. Las operaciones de rescate podrían ser el escenario del futuro (mover físicamente plantas a una montaña más alta o más al norte, por ejemplo, podría ser la única manera de salv ar a especies como la edelweiss (margaritas de los Alpes).
Una tercera inversión estratégica debería hacerse en restauración ecológica: un esfuerzo deliberado para reintroducir especies extirpadas; construir humedales en donde hayan sido borrados; o reintroducir fuego en ecosistemas con especies como los pinos, que dependen del fuego para la dispersión de semillas o para crear claros donde puedan crecer álamos y abedules.
Esta no es una tarea sólo para ecologistas. Las industrias forestales, pesqueras y agrícolas deberían reconocer la importancia que tiene para ellas colaborar en la recuperación de ecosistemas degradados, dañados o destruidos.
Ya no hay duda de que el mundo está cambiando. De manera que, a medida que empezamos a pensar seriamente en cómo dejar de desordenarlo más, empecemos también a pensar seriamente en cómo ayudar a que todas las formas de vida se adapten.
Fuente: InfoAndina
http://www.infoandina.org/site.shtml?apc=Lg--cambio%20climatico-----2-&x=7610
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